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sábado, agosto 30, 2025

8M: vandalizan Centro Histórico

¿Ejercicio del derecho a la protesta o atentados contra la propiedad pública y privada? ¿Marcha política o expresión anárquica de odio sistematizado y global? Son preguntas casi imposibles de responder, pero que revelan los dos ángulos de un fenómeno violento y destructivo: una doscientas mujeres (y algunos hombres), provocaron el caos y la destrucción para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Roxana Orantes Córdova

Las acciones emprendidas ayer y hoy por algunas mujeres que pertenecen a ONGs financiadas por países donantes y conocidas como “colectivos”, dejaron un panorama desolador en el Centro Histórico.

Aunque los daños no son tan drásticos como los reportados en noviembre, las féminas se las ingeniaron para destrozar la parada del Transmetro conocida como Estación Calvario, que corresponde a la ruta 13 y va desde la 18 calle hasta el monumento a Juan Pablo Segundo, en la zona 13.

Es una ruta usada mayoritariamente por trabajadores, hombres y mujeres, que generalmente se trasladan desde varias zonas de la capital a sus lugares de trabajo: zonas 10, 13 y 14.

Estas personas resultaron ser las únicas perjudicadas por la destrucción de la parada, además de la Municipalidad Capitalina, que deberá desembolsar una suma significativa. Por ejemplo, la construcción de la Línea 7 ascendió a Q114 millones.

Además del evidente costo económico que representa para empresarios grandes y pequeños que tienen sus negocios en la sexta avenida de la zona 1, el efecto es depresivo para los vecinos de esa zona y los miles de trabajadores que transitan por ese paseo cuyas paredes amanecieron el 8 de marzo cubiertas de improperios, demandas por aborto legal y señalamientos contra las autoridades.

¿Protesta globalizada?

El domingo 7 y lunes 8, en algunos puntos de la capital guatemalteca se pudo presenciar una reproducción local de las protestas feministas que promueven grupos como Femen, consistentes en realizar parodias, lanzar gritos, en ocasiones desnudarse y destruir lo que consideran símbolos patriarcales: iglesias, negocios, y en el caso de Guatemala, paradas de Transmetro.

No resulta claro qué daño provocan los trabajadores que usan este transporte a las mencionadas activistas, pero evidenciaron especial saña en su contra. Además de la parada, pintaron una unidad con el símbolo femenino de Venus (un círculo con una cruz), y posteriormente, llegaron a la iglesia Santa Clara, recién recuperada del vandalismo de noviembre), para dejar su fachada cubierta de improperios y obscenidades.

Entre los negocios más afectados estuvo la panadería y restaurante San Martín, que funciona en la centenaria Casa Pavón, cuya remodelación fue calificada como la más importante de los últimos años.

Los muros antiguos fueron conservados en esta remodelación y restos de las baldosas de barro del siglo XIX, así como otros detalles, permanecen en el edificio, con pisos originales de cerámica vidriada de hace más de 100 años y donde funcionaron, entre otros, el primer Banco de Guatemala y el primer diario oficial.

En recorrido por la Sexta Avenida, intentamos hablar con gerentes o encargados de diversos negocios, pero el consenso parece ser la reserva, la mayoría prefirió no emitir opinión y hasta el final de la tarde logramos contactar telefónicamente a un ejecutivo de la San Martín, quien pidió no ser identificado.

“No hay que alimentar el odio, sino el respeto”

El entrevistado comentó: “cada año invertimos unos Q15 mil en pintar o remodelar la fachada. Hoy ya limpiamos la mayor parte, cambiamos los vidrios y mañana haremos la reparación, que esta vez será mucho más fuerte y el costo podría ser mucho más alto que otras veces”.

Según narra, quienes mostraron su ira contra ese negocio fueron “encapuchados cobardes que no dan la cara”, y no consideraron que en el interior del local había varias mujeres trabajadoras, quienes el día de la Mujer Trabajadora debieron permanecer encerradas en su lugar de trabajo, mientras vándalos las aterrorizaban y rompían los vidrios.

Más allá del costo económico, señala, “estos hechos destruyen el ánimo de los clientes, de los vecinos y los trabajadores. Lo reparamos rápido para tratar de que la moral de la gente no sea tan baja. Creo en la libertad, en la vida y el respeto, esa es la política de todas las tiendas San Martín, donde laboran 1,500 mujeres y entre el personal hay gente de todas las religiones, razas y preferencias sexuales, sin ningún distingo”, explicó y concluyó:

“Necesitamos construir, no destruir. No hay que alimentar el odio, sino el respeto”.

 

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