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sábado, septiembre 26, 2020

¿Cómo quedará la imagen pública de la ciencia en Guatemala después del COVID-19?

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Por Alex Castillo

Respuesta: Debilitada. Aunque podría ser prematuro este diagnóstico a tres meses del impacto del COVID-19, existen ciertos patrones sobre el aporte de la ciencia al abordaje del fenómeno de la pandemia que pueden dar luces sobre cómo los guatemaltecos percibiremos negativamente a la ciencia hacia el futuro.

Guatemala es una sociedad marcada por:

  1. Prácticas cosmogónicas e ideológicas que rigen la convivencia social;
  2. Una salud privatizada que se recurre a ella pues no se tiene otro remedio;
  3. Un ámbito científico de bajo perfil;
  4. Una falta de referentes de verdad, lo que prioriza la “confianza” antes que la efectividad; y,
  5. Altamente polarizada.

Frente a este escenario, el 2020 era o es el momento para que como sociedad ya hubiésemos articulado una gran confluencia de iniciativas sociales, humanitarias, económicas, académicas y políticas que, canalizadas a través de un abordaje científico, reposicionaran en el imaginario una percepción de “estar haciendo lo correcto” para aminorar el impacto del coronavirus a todo nivel en el país.

Pero como siempre, nos gana el miedo y la división. Cada iniciativa va por su lado, como una especie de costumbre que tenemos asimilada, que busca simplemente que cada instancia tengan lo necesario para “sobrevivir”.

Los patrones que han saltado a la luz giran en torno a:

  1. Médicos que no quieren incorporarse a la primera línea de defensa;
  2. Médicos que son expulsados de comunidades;
  3. Personal sanitario que no cuenta con los insumos básicos;
  4. Estadísticos que analizan los errores en los datos proporcionados por el Ejecutivo (en lugar de que sirvan para contrastar los resultados);
  5. Investigadores o consultores que son ambiguos en su predicción sobre el rumbo de la pandemia;
  6. Ideologización en la toma de decisiones;
  7. Falta de educación sanitaria de la población hasta el punto de no saber cómo utilizar bien una mascarilla;
  8. Desacato de la población a las recomendaciones de distanciamiento físico, entre otros.

En fin, un círculo vicioso de los actores científicos que pareciera nunca acabar, sino cada día agravarse.

Si antes recurríamos a la ciencia sin saber si nos iba a dar resultado o no, frente a este comportamiento, es lógico pensar que se tenga hoy una desconfianza mayor a cualquier dato o abordaje científico, instalándose la percepción de “TENERLE MIEDO A LA CIENCIA” porque no se sabe si es verdad.

Esto puede dar lugar a totalizar la idea que solo tenemos amparo en cuestiones sobrenaturales, en lugar de configurar en nosotros un paradigma de “ACCIÓN” que exija resultados al personal científico y profesional, demandándoles que ACTÚEN EN CONJUNTO, porque cada quien sabe lo que tiene que hacer, pero lo que está fallando es la UNIÓN de los elementos para una fuerza mayor, porque la pandemia está dando muestras de rebasar cualquier capacidad individual.

Esta desarticulación, bien podría llevar a los guatemaltecos a pensar que ni en los retos más duros la ciencia pudo demostrar que actúa con veracidad y efectividad, lo que podría instalar una sensación de “cuando yo los necesite, NO VAN A PODER y hasta me puede salir más caro el caldo que las albóndigas. 

Cada día se corre el riesgo de que los guatemaltecos mentalmente nos cerremos para escuchar la opinión de expertos, que nos dicen cómo vamos como país, eximiéndonos como individuos de la ecuación porque total “SI ELLOS NO PUEDEN, YO TAMPOCO PUEDO HACER NADA. QUE LO HAGAN OTROS”.

La ciencia HOY debe dejar de lado sus cuidados epistemológicos, que oscilan entre tomar en cuenta la duda metódica y el temor al absolutismo, y adoptar posturas de verdad sobre lo que se conoce sobre determinado fenómeno al día de hoy, que nos permita tomar mejores decisiones.

Tal parece que a la ciencia no le quedará más remedio, ahora sí y de una vez por todas, de incrementar su estrategia de visibilidad para recuperar el terrono perceptual perdido no solo por la falta de respuesta, sino también por la dispersión de la misma, aprovechando los recursos científicos valiosos que se tienen construidos a la fecha.

Dicha estrategia propongo que vaya en los siguientes sentidos:

  1. En una sociedad politizada, la ciencia debe convertirse en un actor político más que haga confluir a las diferentes visiones de desarrollo provenientes de cada uno de los polos de poder.
  2. Construir una imagen pública de los científicos como solucionadores de problemas.
  3. Habiendo recuperado espacio los medios tradicionales como la televisión y la radio, frente a la falta de credibilidad de las redes sociales, cabildear para que existan espacios permanentes científicos que aporten al abordaje científico de los problemas nacionales.
  4. Construir un sistema de voceros por área científica que tengan un papel itinerante en los medios de información que tenemos al alcance.
  5. La construcción de “influencers” científicos que hagan atractiva a la ciencia, principalmente en las generaciones millennial y centennial; esto, pues dudas siempre se van a presentar, lo que hacen falta son referentes de verdad viralizables.
  6. Crear líneas comunes informativas que nos hagan entender a todos cómo vivimos en el país y los problemas que nos afectan.
  7. Una estrategia de realidad aumentada y realidad virtual que hagan a los contenidos científicos más entendibles por su alto grado de atractivo visual.

Estas acciones son necesarias si no queremos seguir navegando a la deriva en proteger nuestra humanidad. Hemos avanzado tanto como especie para entender nuestro entorno, como para que ahora la política nos distraiga con ideologías, creando intensionalmente un vacío de conocimiento que niega todo lo que hemos aprendido, incluso retrociendo nuestro nivel evolutivo a fases anteriores que privilegiaban más el ser humano individual, negando nuestra naturaleza biológica social.

La idea de que la ciencia no resuelve nuestra vidas, en parte ha sido creada porque como especie hemos llegado a un momento de la evolución en el que entendemos plenamente lo que pasa en nuestras vidas a punto de poderlas controlar; la evidencia más palpable es que le estamos atribuyendo funciones humanas a dispositivos robóticos para que funcionen como auxiliares de nuestras vidas.

El COVID-19 nos enseñó que no estábamos preparados como especie para esta clase de fenómenos que afectan globalmente la salud, aunque ya estábamos avisados desde hacía años. La predicción es que en los próximos años vendrán esta clase de retos humanos, quizá hasta más fuertes.

Llegados a ese punto, ¿a quién le va a tocar afrontar dichas emergencias humanitarias?, ¿a la política?, ¿a los Estados?, ¿a la religión?, ¿al sector sanitario? o a la ciencia que hemos aprendido.

La ciencia, debe convertirse en un fenómeno político-imagológico-mediático que debe recuperar su espacio en el imaginario para afrontar nuestras próximas fases en la evolución humana.

Si la tecnología lo está haciendo para brindar nuevos escenarios de interacción en donde se construyen nuevas verdades, ¿por qué la ciencia no lo hace si tiene más elementos para orientar a la humanidad?

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