Daniel Ortega, presidente de Nicaragua tomó a la fuerza hace unos días la Universidad Centroamericana (UCA), perteneciente a los jesuitas y ahora el mandatario, ordenó la disolución de la filial nicaragüense de la Compañía de Jesús, a la cual también se le ha expropiado su patrimonio en el país.
Redacción Perspectiva
«Corresponderá a la Procuraduría General de la República realizar el traspaso de estos bienes muebles e inmuebles al Estado», constató la ministra de Gobernación, María Amelia Coronel, la encargada de ejecutar la cancelación de la personalidad jurídica de la Compañía de Jesús.
Medios locales han calificado esta acción como un “nuevo golpe” contra los jesuitas y, en especial, contra el Papa, que pertenece a la orden y que intenta desde hace meses la liberación del obispo, Ronaldo Álvarez, encarcelado desde hace un año y convertido hoy en el principal símbolo de disidencia del país centroamericano. Francisco calificó hace meses al sandinismo como una «dictadura grosera, con tintes de dictadura comunista o hitleriana».
Agregan que, la embestida sandinista contra los jesuitas comenzó la semana pasada en contra de la UCA, intervenidas sus cuentas y tomadas sus instalaciones, expulsados incluso los sacerdotes que vivían en su interior, como venganza por mantenerse como un puntal de la libertad de pensamiento en Nicaragua. La UCA llevaba más de 60 años con sus puertas abiertas en servicio al país.
La Fiscalía acusa a la UCA de ser un «centro de terrorismo», encargado de organizar «grupos de delincuentes». En el pasado, la UCA inculpó parte de la lucha contra la dictadura de Somoza, pero también acogió años más tarde a los críticos del sandinismo, agrupados en torno al escritor Sergio Ramírez y a la poeta Gioconda Belli.
«La confiscación de la UCA es el precio por la búsqueda de una sociedad más justa y por proteger la verdad y la libertad del pueblo», respondió la Compañía de Jesús.




































