Julio Abdel Aziz Valdez
Los buenos son agredidos, acusados, insultados constantemente, es parte del calvario al que se enfrentan siempre todo por luchar contra los malos, aquellos que en la oscuridad se esconden y están urdiendo siempre planes para apoderarse de todo. Hubo momentos en que los buenos fueron más que los malos y prevalecieron, derrocaron al dictador y propiciaron la primavera en el eterno invierno de los malos, luego dieron su vida gustosos para acabar con esos malos con las armas liberadoras, sus balas siempre hicieron justicia y jamás derramaron la sangre inocente, y finalmente constituyeron la CICIG, ese rayo de luz en medio de la oscuridad liderado por lo más preclaros juristas que solo buscaban sacar del profundo hoyo de la corrupción a Guatemala y con ello que florezca de nuevo.
Así de interesantes son las figuras poéticas conque la izquierda se refiere a sí misma, que por cierto huyen de definirse como eso: como izquierda, ellos son los progresistas, la voz de los sin voz, o como se pondría de moda ahora, los que encarnan la lucha contra la corrupción.
Pero ubiquemos en el contexto, la corrupción jamás podrá ser parte del proyecto político de ninguna agrupación, no al menos en forma abierta, más bien se ha convertido en un medio, una herramienta para hacerse del poder o para justificar ese poder. La corrupción, no tiene ideología, pero en la practica la lucha contra la corrupción ha sido abanderada por esos sectores, organizaciones, intelectuales y periodistas porque desde ella se ubican en un escalón más alto en su esfuerzo de encumbramiento moral, es extremadamente útil asumirse estar de lado de los que señalan a la corrupción porque se asume que jamás podrían estos ser parte de ella, o sea, asumen su postura desde el encumbramiento moral.
El ejemplo más claro de la anterior afirmación es la ubicación que han alcanzado las ongs políticas de primera línea en la llamada lucha “contra la corrupción” léase UDEFEGUA, Fundación Mirna Mack, Prensa Comunitaria y Transparencia Internacional, entre otras y a la ONU y su agencia PNUD, los señalamientos desde estas plataformas suponen que su actuar mismo es incólume, sin tacha de lo contrario no se animarían a señalar a los malos de siempre, todos los señalamientos que pudiesen surgir, no cabe la menor duda que la CICIG en su accionar no violentó derechos ni cometió extorsiones valga la afirmación primaria porque siempre fueron los buenos, es más, fueron tan buenos que todos esos señalamientos aun cuando fuesen ciertos se hicieron intentando alcanzar un bien mayor, por lo que si hubo muertos y privaciones de libertad seguro se lo tenían merecido.
El buenismo como argumento político alcanza niveles ridículos de defensa cuando en medio de procesos legales surgen defensas, con toda la intención de desviar la atención, de que hubo actos de violencia de género, extremos que activistas han complementado con declaraciones rimbombantes de buenitud de origen, o sea, que todo el accionar de CICIG y FECI fue bueno de entrada, de lo contrario no hubieran tenido todo el apoyo financiero de USAID y ONU y estos no se pueden equivocar, se presentan como intocables, los buenos en la películas son así por su aura de virtud.
El llevar estas discusiones al plano de la eterna lucha del bien contra el mal representa un esfuerzo por disminuir la capacidad de discernimiento de la ciudadanía, finalmente hay leyes, órganos y procedimientos que si fueron funcionales con las decenas de procesos por corrupción antes lo serán con los que pudieron, desde su micropoder, cometer ilícitos y si se comprueban pues deberían de obtener lo mismo que todos los procesados tuvieron antes.
No hay malos super malos ni buenos super buenos, hay acusaciones y procesados, derecho a defensa y a juicios y finalmente a privación de libertad en condena o a libertad en caso contrario, parece poco atractivo para la izquierda encumbrada pero es la aspiración mas lógica a la que podemos aspirar como ciudadanos.




































