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domingo, diciembre 5, 2021

Del nostálgico optimismo por la revolución sandinista a las actuales lamentaciones y lágrimas por Nicaragua

Por Mario Mérida

Cuando se concretó la llamada revolución sandinista (19/julio/1979), me encontraba de alta en el Cuartel General, recibiendo a un buen número de ciudadanos nicaragüenses -civiles y militares-, que habían huido del terror revolucionario.  Mientras eso ocurría, se consolidaba la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN) integrada por cinco personas: tres miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y dos representantes de la sociedad civil.

La representación oficial del frente y el cargo presidente correspondió a Daniel Ortega Saavedra, a quien acompañaron Sergio Ramírez y Moisés Hassan, ambos también sandinistas, así como los empresarios Alfonso Robelo Callejas y Violeta Barrios de Chamorro. La decadencia de la revolución nicaragüense principió después de la presidencia de Violeta Chamorro (1990-1997); tal como lo comenté hace algunos meses en este espacio:

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“El fin de la revolución nicaragüense  ya no es un secreto, como tampoco la persecución de la policía contra los opositores y las continuas violaciones a los Derechos humanos de sus ciudadanos; acciones tardíamente reconocidas por organizaciones internacionales dedicados a vivir de la denuncia” (DE REVOLUCIÓN EN REVOLUCIÓN (20/06/2021).

En este momento, es pertinente recordar el mensaje del comandante de la Revolución Tomás Borge Martínez, un año después de la toma del poder por FSLN:

 “Estamos dispuestos a entregar hasta la última gota de nuestra energía… Mañana el pueblo nicaragüense podrá decir al ver al policía, ahí viene un amigo” (Barricada. 16 de julio de 1981)

El periodista Ángel Luís de la Calle, comenta sobre las expectativas creadas después del primer año de gobierno del Frente Sandinista y la expectativa generada con relación a la  invitación al presidente Carter para asistir al primer aniversario:

“La presencia de Carter en Managua supondría un claro respaldo norteamericano al Gobierno surgido tras el triunfo de la revolución sandinista, que, más tarde, y en el terreno de los hechos concretos, tendría que traducirse en la tan necesitada ayuda económica que tiene Nicaragua” (EL PAÍS. México. 13/06/1980).

Al final no hubo tal visita y peor aún porque al presidente Carter le sucedió Ronald Regan (1981-1989), impulsor de una campaña de aislamiento diplomático y cuasi militar por medio de los contras, para debilitar y provocar el relevo de Ortega, quién claramente representaba, y representa por estos días, los intereses de la ex URSS. La expulsión de Ortega fue un objetivo geoestratégico para los EE. UU, para superar la ingrata experiencia dejada por la instalación de los misiles rusos en Cuba (16–10 /octubre/1962).

Las acciones para derrocar a Ortega durante el gobierno de Regan fueron asignadas al teniente coronel Oliver North (Caso Irán-Contras)[1], que estuvo a punto de crear un conflicto bélico a nivel centroamericano, el cual no prosperó debido a la declaración de neutralidad del General Mejía Victores, jefe de Estado (1983-1986), ante cualquier conflicto centroamericano. Transformada en neutralidad activa con la asunción del licenciado Vinicio Cerezo a la presidencia (1986-1991)

El aporte del Gobierno militar guatemalteco (1983-1986) fue reconocido por propios y extraños. Así lo demuestra el reconocimiento del Grupo de Contadora a la gestión gubernamental del general Mejía Víctores:

“Los ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Contadora y los ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Apoyo, reunidos en la ciudad de Guatemala con ocasión de la toma de posesión del presidente Vinicio Cerezo… consideran de justicia reconocer esa contribución invalorable de Guatemala al proceso de paz en la región que fue posible por el espíritu de comprensión y de buena voluntad del gobierno presidido por el general Óscar Humberto Mejía Víctores, y así deseamos dejar testimonio de ese reconocimiento” -Están las firmas de los ocho ministros. Guatemala 14 de enero de 1986- (Mario Mérida. La historia negada. 2010).

Países como Alemania, Colombia, Costa Rica, Chile, España, Estados Unidos, Panamá, Reino Unido, la Unión Europea (UE) y Uruguay, han hecho un llamado para desconocer el proceso electoral, condenar el abuso de poder, fraude electoral y rechazar la reelección de Ortega. Por otro lado, los gobiernos de Bolivia, Cuba, Irán, Rusia y Venezuela, manifestaron su apoyo y solidaridad con el recién electo presidente. Mientras que el presidente estadounidense, Joe Biden calificó las elecciones en Nicaragua de:

 ‘… pantomima ni libre, ni justa, y ciertamente, no democrática’. Se espera que en firme en los próximos días la llamada ley “Renacer” (siglas en inglés de Reforzar el Cumplimiento de Condiciones para la Reforma Electoral en Nicaragua) que amplía la supervisión de los préstamos de las instituciones financieras internacionales a este país” (elPeriodico.09/11/2021).

El fin de la revolución sandinista[2] , es una realidad y una lección para quienes creen que las revoluciones son eternas. Los ciudadanos nicaragüenses tendrán que esforzarse por el pronto retorno al orden democrático, este no vendrá de fuera. Bauman, Z, expresa[3]:

“Sea como fuere, la indignación está ahí y se nos ha mostrado una vía para descargarla, aunque sea solo de forma temporal: saliendo a las calles y ocupándolas”. 

Ello no significa una solución, pero es la acción inmediata para no quedarse esperando un desenlace diplomático, que no se logrará en el corto plazo. Además, es una forma de estimular el surgimiento de nuevos liderazgos. Si esto no ocurre, creo que los resultados de las acciones contra Ortega terminarán por convertirlo en el segundo Maduro en América Latina, es de esperar entonces, que en cualquier momento aparezca un Guaidó reconocido como presidente o algo parecido por la comunidad internacional, que tampoco resuelve el problema de fondo (Artículo publicado por el autor en elPeriodico y ampliado para los lectores del PERSPECTIVA, DIGITAL)


[1] El asunto acaparó la audiencia global cuando el propio North compareció en 1987 ante el Congreso de EE.UU. para explicar cómo el gobierno de Washington le vendía armas a Irán de forma secreta para financiar a la guerrilla de la Contra, que luchaba contra el gobierno sandinista en Nicaragua.

[2] La otra revolución en franca decadencia, es la nicaragüense (1979), que se demuestra con la exigencia de libertad y democracia de sus ciudadanos, como ocurre en Cuba. Lejanos están los días, en que los medios de comunicación centroamericanos -unos más, otros menos- aplaudían el triunfo de la revolución Sandinista, que establecería un gobierno “progresista de izquierda”.

[3] Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni. Estado de Crisis. 2016. España.

 

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