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domingo, enero 29, 2023

Violencia política de derecha a izquierda en LATAM, reflejos condicionados en Guatemala

Julio Abdel Aziz Valdez

Como un calco de la toma de los edificios del Senado norteamericano momentos después de la toma de posesión de Joe Biden hace tan solo un par de años, lo mismo sucede en Brasilia con el traspaso de poder. Ambos casos tienen en común, más allá del evidente vandalismo, el hecho de que se intentara destruir los símbolos de poder al cual estaban haciendo responsable por tan cuestionados procesos eleccionarios que perjudicaron a las figuras emblemáticas como son Donald Trump y Jair Bolsonaro.

En el caso de Brasil no concuerdo con las afirmaciones que plantean que aquello era un movimiento golpista porque es claro que no había un liderazgo visible, era como muchos otros movimientos de masas altamente politizadas que sucumbieron a manipulaciones, y a condicionamientos sociales que se implantaron en el momento.

Lo novedoso en los hechos antes mencionados es que fueron llevados a cabo por una militancia de derecha masificada, pobres y clases medias, que no responden a la entelequia marxista de “la conciencia para sí”. Lo obvio no lo es tanto si tomamos en cuenta que este tipo de actos violentos por lo regular provienen de la izquierda radicalizada, hay toda una historia repleta de métodos y discursos que aun hoy en día siguen siendo usados por los que se asumen ser representantes del pueblo.

Veamos dos hechos actuales en dos contextos diferentes, lo acontecido en Brasilia para ser exactos y los actos de rebelión que se producen en Perú, específicamente en el sur, que por cierto han políticos de izquierda etnicista ha estado planteando la opción de separarse de la nación, hay apoyo de sectores del MAS en la vecina Bolivia e incluso se ha impedido la entrada del expresidente golpista Evo Morales, a ver: en el primero los medios no solo no ahorran en afirmar que hubo un intento de golpe de Estado, con todo y que el Ejército federal no intervino ni se pronunció, todo instigado por la extrema derecha, pero en Perú esos mismos medios plantean la existencia de descontento popular por la destitución del presidente Pedro Castillo, y le dan cabida a las narrativas de que las elites optaron por sacar del poder a un maestro rural, moreno y con fenotipo de indígena, no se habla de la extrema izquierda, como tampoco se le mostraba así a quienes destruyeron decenas de estaciones del metro en Santiago de Chile antes del plebiscito para cambiar la constitución.

Luego de ver esto nos ubicamos en Guatemala. La extrema izquierda intenta quemar el Congreso de la República en el 2021, y en el 2022 toma las instalaciones de la universidad estatal por 7 meses, hasta el día de hoy, la misma izquierda que por cierto invade fincas privadas y roba energía eléctrica diariamente y la revende. No podemos cerrar los ojos ante esto, se ha demostrado que la violencia destruye las instituciones democráticas, embrutece a los fanáticos y distorsiona el sentido mismo de libertad, y es precisamente la izquierda la que ha mostrado, con esta violencia, su ímpetu totalitario.

No se puede justificar la violencia política bajo ningún punto de vista en un estado democrático, se empieza por desacreditar tal Estado, no por su inoperancia sino porque el mismo no se constituyó bajo su particular visión ideológica, así resuena la disonancia propagandista para justificar lo injustificable, ejemplo: la lucha por un Estado Plurinacional, como es el caso de Chile, Perú, Bolivia y hasta en México.

La violencia no es el medio para alcanzar imponer una visión de Estado, esa época ya la pasamos y dejo miles de muertos en todo el continente, no podemos seguir con narrativas que justifican la violencia sagrada y necesaria cuando en realidad son proyección de políticos que jamás vivieron un real conflicto en su vida.

 

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