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miércoles, abril 8, 2026

“Madurando nuestra libertad de opinión»

La libertad de expresión es uno de los mayores logros de la humanidad a lo largo de su evolución, la cual se ha institucionalizado dentro de los recientes procesos democráticos que han logrado la mayoría de naciones y sociedades actuales.  Esta garantía mínima es vital para el ser humano en sociedad ya que le permite colectivizar, manifestar sus opiniones o sus desavenencias. En países como el nuestro, en el que pareciera inocua una garantía como tal, vemos aún una realidad palpable: persecuciones políticas, hostigamiento a medios de comunicación por difundir ideas no afines a gobiernos de turno, censuras, mordazas, pagos y/o tráfico de influencias por publicaciones, componendas de pauta (oficial o no) por ocultar o mostrar ciertas noticias, etc.

¿Acaso las razones anteriores no bastan para ponerle más atención al tema? ¿Sabemos cuántas verdades nos dejan de contar los medios? ¿Cuánta mentira asimilamos diariamente? Por eso, más que un medio de presión, un medio de comunicación debe ser un generador de influencia y de decisión dentro de la masa social. Un periódico debe ser un promotor de opinión constructiva y de analistas críticos del sistema, del Gobierno, del Estado, de la sociedad y de todo lo que le rodea.


En el caso del derecho en mención, deben analizarse todas las palabras que se han de concatenar para poder expresarse. Es menester ser empático con el destinatario del mensaje.


En la mayoría de los casos, los comunicados se dilucidan con otros similares “en derecho de respuesta”, siendo la mayoría de estos tan extensos que solamente los relacionados o interesados los resultan leyendo y analizando. No obstante, el mal uso de estos derechos puede incriminar al causante en la comisión de hechos delictivos tales como la injuria, la calumnia o la difamación. La obligación posterior consiste, por tanto, en asumir las responsabilidades por lo dicho.

Nuestra idiosincrasia nos constriñe muchas veces a callar, aún sin ser necesario. Por tanto, no somos amigos de la verdad incómoda y menos aún si es dicha de frente. Por esta razón asumí la invitación a escribir en este espacio y saludo efusivamente a quienes han permitido a la ciudadanía guatemalteca un medio nuevo y honesto en el cual podemos expresarnos quienes pensamos diferente y nos atrevemos a hacer públicas nuestras líneas.

Concluyo esta columna recordándole a usted, distinguido ciudadano, una frase que algunos atribuyen a Aristóteles: “El hombre es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio”.

 

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