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miércoles, enero 20, 2021

La religión del genocidio o como perpetuar la narrativa victimista

Julio Abdel Aziz Valdez

En Guatemala hubo un conflicto armado interno, con todo y que HBO le cueste aceptarlo, y como en todos los países donde sucedieron hechos similares, hubo perdida valiosa de vidas humana, y bueno su recuerdo nos permite conocer mejor nuestra historia, pero…

Desde el fin del conflicto a finales del año 1996 hasta el juicio público por genocidio en el 2013 la narrativa cambio tan radicalmente que para las mentes simplificadas aquel conflicto en realidad fue la sucesión de crímenes cometidos exclusivamente por el Estado y por lo tanto este es culpable ad eternum o por lo menos hasta que el advenimiento de nueva constitución Plurinacional lo reconfigure.

Es cierto, la promesa del credo del genocidio es la resurrección de los muertos en esa constitución plurinacional y con frente a ella todos los pecados serán perdonados, si, los ladinos hijos del racismo y los hombres del patriarcado recibirán su castigo merecido y los indígenas y las mujeres, mejor si son feministas, gobernaran la tierra prometida, una Guatemala sin género, maya y proletaria orando a la Madre Tierra.

El genocidio se ha convertido de un tema debatible tanto por sus implicaciones jurídicas como desde las histórico-antropológicas a un dogma de fe, en una verdad que no debe dejar espacio al escepticismo de mentes discordantes, el genocidio establece una realidad binaria, tan simple como una película de Hollywood.

Buenos contra malos, las víctimas no pueden ser a su vez victimarios, son una realidad inmutable es más, como la creencia de la eterna inocencia de un niño encarnada en la figura de Juan Diego cuando se le aparece la Virgen, la religión del Genocidio determina que el pueblo elegido de Dios, los indígenas, los eternas e inmutables víctimas vivieron el escarnio de la violencia que el Estado, racista y ladino, el eterno e inmutable Satanás, impuso sobre ellos por el solo hecho de serlo, pero en ese mar de ignominia la el credo del genocidio propone algún día alcanzar la justicia plena con una nueva constitución que borre de taso no ese hecho fortuito de los años ochenta sino de los 500 años del genocidio permanente.

La religión del Genocidio, una variable doctrinal del catolicismo vernáculo guatemalteco tiene mártires y profetas, monseñor Gerardí el más grande y magnífico de los profetas, tiene sus sacerdotes y sacerdotisas Brahmanicas la mayoría de ellos las “brillantes y preclaras cabezas” de los intelectuales indígenas como Sandra Xinico, Demetrio Cojti, Aura Cumez, Irma Alicia Velasquez, y muchos más que florecen en el amparo de la cooperación internacional, siempre solidaria, o bien de las ventanillas indígenas en el Estado y su infinidad de programas y proyectos de enfoque y visualización, todos ellos apoyados por el músculo siempre autoinculpado de la intelectualidad mestiza de izquierda que busca un lugar de honor como aliado de la causa, la suerte de los guerreros al servicio de la narrativa del eterno dolor, para ellos el haber nacido en la ciudad y hablando castellano es una estigma que se borra maldiciendo a los invasores españoles de hace 500 años.

Gerardí, el profeta, divisó la tierra prometida, pero se le negó vivir en ella por parte del Estado devenido en una suerte de Satán, su muerte no reconoce versiones alternas, no hay más conspiración que aquella donde él es víctima del victimario construido por la historia impresa en un estudio tan manipulado que niega casi por completo la responsabilidad intelectual y material del desangramiento nacional en manos de la institución religiosa a la que pertenecía y que al final de sus días estaba abandonando por otra creencia.

Con la narrativa del genocidio aplastó cualquier indicio de la existencia de un conflicto armado, los comunistas desaparecieron con el toque de una vara mágica, secuestros, asesinatos, robos, amenazas todo desapareció, pero por qué, pues bien, hay una explicación sencilla a saber:

La incapacidad de la guerrilla local de cumplir su promesa de traer el paraíso a la tierra de los olvidados, por su incapacidad y por el rechazo de las mismas personas que decían salvar, esto los expulsó a los brazos de la lastima internacional que estuvo presta a dar el dinero para la nueva religión, para formar a sus sacerdotes y sacerdotisas en sus universidades, presionaron luego para esos guías sirvieran en el país y formaran a atrajeran a los nuevos creyentes, prontamente convirtieron las aulas de las universitarias en los templos de adoración, no había lugar suficiente en las iglesias con todo y que profetas y mártires estuvieron prestos a arrebatárselo al clero que se mostraba indeciso.

La religión del genocidio ha prosperado, aumenta en conversos todos los años por eso es importante remarcar el credo del victimismo y sumarle nuevos ritos y santuarios, basta ver el de las niñas en la plaza central, la plaqueta con nombres de mártires en el campus central de la USAC, en fin, todo es válido en función de que la nueva religión se imponga como credo oficial y lleve al santo oficio a todos los que seguimos creyendo que en Guatemala No Hubo Genocidio.

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