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viernes, enero 21, 2022

Fuego en el Congreso, la paradoja de las violencias buenas y las violencias malas

Julio Abdel Aziz Valdez

No cabe duda que hemos entrado en la era de la superelativización de los hechos, vemos un acto y lo juzgamos de una manera dependiendo de quien sea el autor y el momento y luego vemos otro acto igual y otra vez, dependiendo de quien sea el autor y momento lo juzgaremos de manera completamente distinta.

En esta nueva era de los likes, no son necesarias las grandes aglomeraciones de personas en la calle sino la forma como se narra la historia y se muestra en sendas imágenes para que un mensaje, protesta o manifestación impacte en la opinión pública. Desde que la democracia se cimento en Guatemala hemos sido críticos con relación al poder público, y que bien, esa criticidad nos ha llevado al extremo de demonizar la política partidaria a tal punto que abundan señalamientos como de que todos los diputados son ratas, la corrupción ha carcomido todo y demás, esto allanó el camino para que en manifestaciones desarrolladas el 21 de noviembre un grupo de jóvenes con el rostro cubierto ingresaran al edificio del Congreso de la República y no solo vandalizaran bienes públicos sino que lo quemaran parcialmente, claro al salir hubo gritos de apoyo, aplausos y muchísimos post pidiendo la cabeza de diputados, es más, me imagino que de haberse encontrado con alguno se hubiera justificado un linchamiento.

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A ver, no me voy a centrar tanto en las causas del supuesto descontento coyuntural, de aquel entonces porque ha sido ampliamente desarrollado por periodistas e intelectuales prestos siempre a darle contenido a estas acciones, finalmente se entiende según ellos el “descontento popular”, pero no, y veámoslo en perspectiva.

Protestas hay siempre y no todas terminan como aquel noviembre del 2020, ¿Quién define que causa es la más “justa” como para explicar lo acontecido? Pues los que estuvieron de acuerdo con ello así de sencillo, hablar de lo popular es solamente esconderse en una masa amorfa que piensa y siente cosas diversas, pero entre más se use el término “el pueblo” más asume que lo realizado es valedero y necesario. En fin, aquellos actos vandálicos terminaron en impunidad, la policía y el MP no solo no actuaron para impedirlo sino que días, semanas, meses después dejo que todo se enfriara y quienes habían motivado estas acciones confirmaran que tenían razón, hay que recalcar que luego de los disturbios callejeros que se produjeron amen a este acto hubo gases lacrimógenos, algunas detenciones (la mayoría desestimadas) y demás, pero hasta ahí llego, el fuego se apagó a tal grado que las manifestaciones que siguieron fueron minúsculas como las anteriores a la de aquel día.

¿Dónde había quedado la furia popular? Pues bien, se demostró que no había de tales, sino que aquello había sido simple y llanamente una espiral de violencia colectiva motivada por discursos y provocadores, dispuestos siempre a aprovechar el momento, aclaro que esta observación para nada desmiente o trata de invisibilizar la corrupción que la hay y mucha y que bastante de ella se refugia y reproduce en el Congreso, en partidos y políticos de todas las denominaciones ideológicas.

En fin, todo aparentemente terminó, y los meses pasaron, hasta que un año después, en octubre del 2021 un grupo de supuestos veteranos militares que exigían el pago de una compensación económica por su participación en el conflicto armado que finalizó hace 23 años, tema que abordaremos en otro momento, hacen lo mismo que aquellos supuestos estudiantes hicieron 11 meses antes, ingresan a la fuerza, vandalizan e intentan quemar el congreso, hacen destrozos pero hay que recalcar que estos no alcanzaron la dimensiones de lo acontecido un año antes, esto obviamente no disminuye la responsabilidad civil y penal de los hechos.

Producto de esto, hubo gases lacrimógenos, golpes, pero a diferencia del año pasado hubo capturas de manifestantes en flagrancia y fueron puestas a disposición de las autoridades inmediatamente, los hechos lo ameritaban.

En ambos casos hubo motivaciones que pueden ser analizadas a profundidad por separado, y no cabe la menor duda que para los manifestantes eran tan valederas que ameritaban tales actos de vandalismo, sin embargo las reacciones de los apologéticos de la violencia necesaria o la buena no fue la misma, estas iban desde la mofa hacia la autoridad, hasta denunciar supuestas complicidades que facilitaron los hechos, y lo interesante es que nadie hizo causa común, desde las redes, hacia los detenidos, creo que esto tiene que ver con el hecho de que si en eran ex militares “pues bien su merecido lo tienen” han de haber pensado los intelectuales, esta idea cobra fuerza cuando surgen post que denuncian las supuestas conexiones de los manifestantes con partidos políticos, todo para justificar por un lado, nuevamente los destrozos pero por otro lado la complicidad del Estado en cuanto a su poca respuesta represora.

Pero la historia no termina aun, un año después el MP y la policía capturan a implicados en la quema del Congreso del año 2020, una mujer y un hombre jóvenes ambos y otra mas convocada a dar su testimonio y todos terminan por ser ligados a proceso, nuevamente se activa el músculo de la intelectualidad y del activismo, que comienza a hacer su defensa a partir de llamar a esta acción judicial como criminalización, y con ello hacen de los tres víctimas a partir de su condición cultural (indígena) edad (jóvenes adultos) género (mujeres dos de ellas) y sobre todo de justificar su acción, la que no se puede negar, y se plantea que aquellos eventos como actos válidos, necesarios, dignos, justos y necesarios, por lo que el procesamiento de los implicados no puede ser más que actos de represalia del poder, misóginos, racistas y adultocentricos.

Teniendo estos dos actos a la vista y las reacciones del Estado y del activismo extraemos las siguientes conclusiones:

  1. El concurso de delitos cometidos no tiene importancia, lo que tiene importancia es la lectura que el activismo y el periodismo militante poseen.
  2. Al no tener importancia el concurso de delitos, no importa las leyes, no al menos las que impidan o persigan a quienes cometes esos delitos.
  3. El discurso contra el racismo y la misoginia son manipulaciones políticas, estos se usan solo para defender a los implicados en los delitos que afecten a los mismos militantes.
  4. Ha desaparecido el contenido de clase en las manifestaciones porque de lo contrario habría un gran problema al defender a jóvenes provenientes de clase medias urbanas por sobre campesinos cometiendo el mismo ilícito, era mejor asumir que estos estaban implicados en causas justas e injustas, en valederas y no valederas.

No hago mofa ni menosprecio la angustia que viven todos los implicados judicialmente en ambos casos, enfrentarse a procesos que puedan conllevar años de prisión o estigmas que afectarán sus vidas, pero como sociedad no podemos que con banderas políticas se apañen actos delictivos, esto que vemos, en estos dos actos, es la muestra de igualdad ante la ley, y espero que ambos tengan procesos justos y con el debido proceso.

 

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